miércoles, 16 de septiembre de 2015
Un año mas
Quizás porque hoy hago un año más, me siento con la responsabilidad de publicar en esta entrada algo que escribí hace un tiempo, y que me gustaría por fin sacar a luz, escueza a quien le escueza...
Ahí va.
Una duda que me asalta… ¿Por qué tenemos que escondernos? Y ahora diréis… ¿Quiénes os escondéis? Y yo os respondo… Los que pensamos diferente. Soy catalana de nacimiento, me he criado en Cataluña y estoy orgullosa de mis raíces. Y hablo de las dos. Las maternas catalanas, andaluzas y murcianas, y de las paternas, salmantinas. Desde que tengo uso de razón se me ha inculcado una educación basada en los valores de la tolerancia, el respeto y el ayudar al prójimo. Unos valores muy cristianos y bíblicos, que sin embargo, hoy día, parecen obsoletos.
Hoy en día, el clima que se vive en CataluNYa, CataluÑa o como lo quieran escribir es de todo menos tolerante ni respetuoso. Los veranos los paso siempre en tierra paterna, Salamanca, donde tengo familia y amigos, y donde disfruto de mi juventud en las fiestas veraniegas de los pueblos. Me siento totalmente ligada tanto a una tierra como a otra, y solo por eso, mucha gente no acaba de comprender, e inherentemente a esa falta de comprensión, repudia la idea de que yo adore ir a lo que muchos de estos irrespetuosos llaman “España”. Que yo sepa vivimos TODOS en ESPAÑA, o eso pone en el DNI. Pero bueno la cosa no empieza aquí. Esta preocupación que me come por dentro empezó a instalarse en mí en el año… 2011, creo. Para ser más exactos, el año que se prohibieron las corridas de toros en Cataluña.
Ese año yo cursaba 1º de Bachillerato, y en mi Comunidad Autónoma como parte obligatoria del Bachillerato, se tenía que realizar un trabajo de investigación. Hasta ahí todo bien. Como yo siempre he sido una gran amante de la historia, pero de la buena historia, la que está escrita sin sucedáneos ni a gusto de nadie, decidí que mi trabajo versaría sobre historia. ¿Cuál? No lo sabía. Barajeaba las escuelas pontificias de Salamanca, el Califato de Córdoba, Los Comuneros… Vamos, temas que para muchos sería un “peñazo”, pero para mí estaban repletos de grandes epígrafes para mi trabajo. Comentándoselo a quien yo quería que fuese mi tutor en el trabajo, mi profesor de historia, me propuso algo bastante raro, en el sentido de que a mi no se me había ocurrido y en los tiempos que corrían, no era precisamente un tema que a la gente le gustase tratar. La Tauromaquia en Cataluña.
Al llegar a casa y comentárselo a mi padre, le encantó la idea y luego me di cuenta de que en ese tema había historia de sobras con la que disfrutar. En fin, que elegí ese trabajo ignorando lo que se me avecinaba. En cuanto la gente supo de que iba mi trabajo, ni se molestó en preguntarme que iba a poner en el trabajo, o que líneas de investigación estaba siguiendo, simplemente me repudió, me insultó, me humilló de tal manera, que (perdón por la analogía, que quizás es un poco fuerte), solo me hacía falta ir tocando una campanita cual leproso para que la gente se apartase a mi paso. Me tacharon de fascista, de loca, de asesina, insultaron a mis muertos sin saber nada de nada del mundo que yo les iba a abrir. Tal fue el grado de desencanto, que durante un mes y medio no pude tocar el trabajo porque de mí solo salían ganas de llorar. Nada más. Llorar y hundirme en el asco que llegué a sentir por mí misma. Mi padre hasta llegó a reunirse con mi tutor del trabajo porque la situación se salía de madre. Mis llegadas a casa parecían ser temidas por mis padres, sobretodo por las malas caras, los llantos o simplemente, porque no hablaba en toda la tarde y me encerraba en mi cuarto a hacer los deberes o simplemente a escuchar música, a evadirme de todo.
Mi trabajo versaba única y exclusivamente de historia, y aun así la gente no comprendía, seguía demonizándome de tal manera, que al final, en lugar de hundirme, sus comentarios no hicieron más que alzarme sobre ellos y darme ganas de seguir.
Llegó el día de imprimir el trabajo, y me acordaré toda la vida. En cuanto salimos de la copistería, con los dos trabajos (uno era para mí, el otro para mi tutor) y mi padre y yo nos subimos al coche, fue tal el alivio que sentía que no pude hacer más que llorar. “Ya está papa, por fin se ha terminado esta pesadilla”. Eso fue lo que le dije. Al día siguiente se entregaba el trabajo al profesor. Hice acopio de todas las fuerzas que me quedaban, y entrando en el colegio trabajo en mano, subí las escaleras que iban a dar a la sala de profesores, donde allí me esperaban mis compañeros de grupo. Sólo hablé con Christian, gran muchacho y de las pocas personas que me comprendió y me apoyó en el trabajo. Los demás compañeros de promoción me miraban con el ceño fruncido. Se pensaban que me iba a rajar, pero no. Con mi pluma estilográfica, firmé mi trabajo, y ante la mirada de los profesores y de mis demás compañeros, le entregué el trabajo a Joan. “Porque quien me toca demasiado los cojones, se acaba arrepintiendo”. Desde ese día dije que nunca más me iba a esconder, pero parece ser que no queda más remedio.
Parece ser que para ser buen catalán tienes que ser de CDC, ERC, o cualquier banda camuflada en siglas políticas, ser del Barça, bailar sardanas, hacer castells, odiar los toros y ser independentista. En cuanto falla alguno o algunos de los factores de la ecuación, estás jodido. Y yo debo estar jodida de verdad porque de los factores de la ecuación solo cumplo en lo futbolístico. Culé soy hasta la médula, pero no me pidas que el 11-S vaya a hacer bulto en las manis pq no pienso poner un pie. Si lo hiciese acababa mal con la gente. Lo se pq me conozco.
Esta corriente independentista que asola desde Roses a Amposta, pasando por Berga y haciendo autoestop en Tarragona, lo único que hace es separar famílias. En una reunión familiar, hay veces que se tiene que cambiar de tema de conversación porque la mitad de la mesa piensa A y la otra mitad Z. Artur Mas y su Família Telerín han conseguido que me sienta extranjera en mi propia tierra, que a los que pensamos diferentes se nos mire mal, se nos insulte y se nos tache de cosas que no somos. ¿Es que acaso tenemos que escondernos? ¿Es que vamos a tener que hacer como los topos? ¿Meternos bajo tierra e ir sacando la cabeza poco a poco, las veces que la sociedad deje de mirar, para poder coger un poquito de aire y proseguir con nuestro cautiverio? La cosa no da señales de que tenga que cambiar.
¿Sabéis que más ha conseguido Mas & Co.? Que la sociedad catalana vuelva a la Edad Media. Y os preguntaréis, ¿A la Edad Media?... Sí, a la Edad Media. Esa época en la que un grupo como eran los cristianos medievales (totalmente analfabetos, incapaces de unir dos conceptos y que se creían cualquier estupidez que se les decía, y que vivían engañados, con los ojos vendados defendiendo a capa y espada algo que ni ellos mismos lograban entender, solo porque seguramente su patrón, señor feudal o el cura de su parroquia así lo pedían, en nombre del Altísimo), llegaban al barrio judío y atacaban o verbal o físicamente a las personas que allí vivían. Los famosos pogromos a los judíos. Algunos serían usureros, no lo niego, pero los cristianos medievales caían en lo mismo que los independentistas de hoy en día. En la falacia de la generalización indebida. No todos los antinacionalistas somos unos fachas de mierda. Algunos si querrán cantar las canciones de Falange y salir el día 18 de julio con una camisa azul y una boina de color rojo, brazo derecho en alto, pero los demás creemos que es muchísimo mejor estar unidos.
Aunque yo lo tengo muy claro. Dice la primera estrofa de “Els Segadors”, que Cataluña “tornará a ser rica i plena. Endarrere aquesta gent, tan ufana i tan superba”. Si antes se referían a los españoles, podríamos hacer una transposición a la actualidad. Y yo creo y mucha gente me apoyará, que Catalunya tornará a ser rica i plena. Sí, pero cuando la ufanidad y soberbia de los que nos gobiernan caiga y se marchen del poder. Y eso solo lo podemos conseguir nosotros, los topos que nos escondemos bajo tierra.
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